Lo Que Construimos Con Lo Que Nos Construyó
Libertad, herencia y la segunda autoría del yo
Nadie comienza siendo el arquitecto de su propio destino.
Para cuando adquirimos la conciencia suficiente como para imaginar semejante tarea, la construcción ya ha comenzado. El terreno ha sido elegido sin nuestro consentimiento. Se han tendido cimientos bajo nuestros pies. Se han alzado muros alrededor de necesidades que no nombramos, utilizando materiales que no escogimos. Otras manos han decidido dónde debía erigirse la protección, por dónde podría entrar el peligro, qué habitaciones debían permanecer ocultas y qué puertas no deberían abrirse jamás.
Despertamos dentro de una estructura ya habitada.
La familia, la sociedad, la historia, el lenguaje, el afecto, la necesidad y el miedo han participado en su diseño. Antes de que podamos preguntarnos quiénes somos, ya se nos ha enseñado qué clase de persona será reconocida, protegida, admirada, tolerada o amada. Aprendemos qué gestos conceden pertenencia y cuáles invitan al castigo. Descubrimos qué partes de nosotros pueden mostrarse, cuáles deben ser disciplinadas y cuáles deberían permanecer ocultas incluso para nuestra propia conciencia.
Así es como aparece por primera vez la máscara.
No suele llegar como una mentira elegida de manera consciente. Comienza como un instrumento de adaptación. El niño la lleva porque la máscara lo vuelve legible para el mundo. Traduce un yo complejo e inconcluso a una forma que los demás saben cómo recibir.
Sé fuerte.
Sé amable.
Protege.
Cuida.
Provee.
Resiste.
No asustes a los demás con tu poder.
No cargues a los demás con tu dolor.
No seas demasiado.
No reveles que quizá no seas suficiente.
Estos mandatos rara vez se presentan como mandatos. Más a menudo, llegan como descripciones de la realidad. Esto es lo que es un hombre. Esto es lo que hace una mujer. Así se comporta un buen hijo. Esto es lo que acepta una hija digna. Así vive la gente respetable. Esto es en lo que uno debe convertirse si desea tener un lugar entre los demás.
La máscara, por lo tanto, no es colocada simplemente sobre el rostro. Es ofrecida como condición para que ese rostro sea aceptado.
La arquitectura de la pertenencia#
Las comunidades humanas necesitan formas. Ninguna sociedad puede existir sin expectativas, roles, costumbres, deberes y modelos mediante los cuales las personas aprenden a vivir juntas. El problema no comienza simplemente porque existan patrones. Tampoco comienza porque algunos individuos se asemejen auténticamente a ellos.
Hay personas para quienes proteger constituye una vocación genuina. Hay personas cuya fortaleza más profunda se manifiesta mediante el cuidado. La disciplina, la ternura, el coraje, la receptividad, la resistencia, la ambición, la generosidad y el sacrificio pueden pertenecer verdaderamente a un individuo. Un patrón masculino o femenino no se vuelve falso por el mero hecho de que la sociedad lo reconozca.
El problema comienza cuando el reconocimiento se convierte en obligación.
Lo que una persona puede ser se transforma en aquello que debe ser. Una cualidad se expande hasta ocupar la identidad entera. Una capacidad se convierte en deber; el deber se convierte en el precio de la pertenencia; y el precio de la pertenencia acaba volviéndose indistinguible del derecho a existir.
Al protector no se le pide solamente que proteja. Aprende que, si no protege, carece de valor.
A la cuidadora no se la invita solamente a cuidar. Aprende que, si no cuida, deja de ser digna de amor.
Entonces la función deja de ser algo que el individuo desempeña. Se convierte en la estructura dentro de la cual se le permite permanecer.
El protector no puede admitir el miedo, porque el miedo amenaza la legitimidad de su papel. La cuidadora no puede preservarse a sí misma, porque la autopreservación puede parecer abandono. Uno es privado lentamente de su vulnerabilidad; la otra, de sus límites. Ambos pueden llegar a ser admirados precisamente por las cualidades mediante las cuales están desapareciendo.
Esta es una de las transformaciones más peligrosas de la identidad humana: la confusión entre lo que hacemos y lo que somos.
Un papel es funcional. Una identidad es más amplia que una función. Pero cuando ambos se fusionan, todo límite se siente como un fracaso. Descansar se convierte en debilidad. Negarse se convierte en egoísmo. Cambiar se convierte en traición. El individuo ya no habita la estructura; la estructura comienza a habitar al individuo.
Lo que fue construido para sobrevivir se endurece hasta convertirse en destino.
Las manos que construyen por amor#
Sería más sencillo resistir estos mandatos si siempre fueran impuestos mediante la crueldad.
Pero algunas de las estructuras más profundas que existen dentro de nosotros fueron construidas por personas que nos amaban.
Los padres y las familias suelen transmitir roles heredados no porque deseen dominar, sino porque tienen miedo. Conocen algo de los castigos del mundo. Recuerdan las humillaciones que soportaron, los peligros de los que escaparon, las puertas que permanecieron cerradas para ellos y el precio pagado por quienes no lograron adaptarse.
Un padre puede enseñar dureza porque teme que el mundo destruya a un hijo vulnerable.
Una madre puede enseñar sacrificio porque teme que una hija independiente sea abandonada, condenada o quede sin protección.
Pueden estar equivocados acerca de lo que exige la supervivencia. Pueden reproducir las mismas heridas que esperaban evitar. Pero el mandato sigue llegando envuelto en afecto.
El mensaje no es necesariamente:
Conviértete en esto porque deseo controlarte.
Más a menudo, es:
Conviértete en esto porque tengo miedo de lo que podría ocurrirte si no lo haces.
El amor y el miedo entran entonces juntos en la estructura.
Por eso ciertas identidades heredadas resultan tan difíciles de examinar. Cuestionarlas puede sentirse como cuestionar el amor mediante el cual fueron transmitidas. Rechazar el mandato puede sentirse como rechazar a la persona que nos lo entregó. La obediencia se convierte en lealtad, y el desvío comienza a parecer ingratitud.
Algunas de las cadenas más fuertes nos son colocadas por manos que intentaban mantenernos a salvo.
La tragedia no es que el amor estuviera ausente. Es que el amor, asustado por el mundo, a veces se vuelve arquitectura antes de comprender qué está construyendo.
Cuando la máscara se convierte en el rostro#
Al principio, la máscara requiere esfuerzo.
El niño o la niña debe recordar que no debe llorar, protestar, asustar, desear demasiado abiertamente, ocupar demasiado espacio ni desaparecer por completo. El gesto se siente impuesto porque la distancia entre el papel y el yo todavía resulta perceptible.
Pero la repetición altera esa distancia.
Lo que se representa se vuelve habitual. Lo habitual se vuelve espontáneo. Y lo espontáneo acaba siendo confundido con la esencia.
La persona ya no piensa: Estoy actuando como me enseñaron.
La persona piensa: Esto es simplemente lo que soy.
Para entonces, la máscara ya no es un objeto que pueda ser retirado sin consecuencias. El rostro ha crecido alrededor de ella. Su presión ha moldeado los músculos que hay debajo. Sus límites han enseñado al individuo qué expresiones son posibles.
Quitársela puede sentirse, por lo tanto, menos como una liberación que como una mutilación.
Esto explica por qué las personas a veces defienden las identidades que las han herido. El papel puede ser opresivo, pero también proporciona coherencia. Le da un nombre al sufrimiento y un propósito al sacrificio. Le dice al individuo qué debe hacer después. Le ofrece un lugar conocido dentro del orden social.
Incluso una prisión puede convertirse en refugio cuando el mundo que existe fuera de ella carece de una forma reconocible.
El individuo puede comprender que la máscara es dañina y aun así temer lo que queda sin ella. Si no soy el fuerte, ¿quién soy? Si no soy quien cuida de todos, ¿quedará alguien? Si dejo de cargar con este peso, ¿descubriré que las personas solo valoraban el peso que yo cargaba por ellas?
La estructura restringe, pero también responde.
La libertad comienza cuando esas respuestas heredadas pueden finalmente ser interrogadas. Pero interrogarlas requiere algo más que rebeldía. Requiere la fortaleza necesaria para soportar la incertidumbre.
No partimos de una página en blanco#
Resulta tentador imaginar que, debajo de toda máscara social, espera un yo prístino e intacto: una identidad original preservada en algún lugar más allá de la familia, la historia, la cultura, el sexo, el lenguaje, la memoria y la experiencia.
Pero es posible que semejante yo nunca haya existido.
No nos convertimos primero en individuos completos para entrar después en la sociedad. Emergemos a través de las relaciones. Las palabras con las que pensamos nos fueron entregadas. Las categorías mediante las cuales nos comprendemos preceden a nuestra capacidad para examinarlas. Incluso la resistencia suele estar moldeada por aquello a lo que se resiste.
La libertad, por lo tanto, no puede significar regresar a un estado anterior a toda influencia.
No hay un terreno vacío al que el arquitecto pueda volver. No hay una página en blanco esperando debajo del primer borrador.
Heredamos materiales ya marcados por el uso. Algunos son fuertes. Otros están dañados. Algunos fueron elegidos para condiciones que ya no existen. Algunos llevan consigo el trabajo de generaciones. Otros ocultan fracturas bajo superficies cuidadosamente terminadas.
La tarea no consiste en fingir que nosotros no construimos nada de aquello.
La tarea consiste en decidir qué podemos construir ahora con ello.
Aquí es donde la libertad se vuelve más exigente que el mero rechazo. Destruir todo lo heredado seguiría permitiendo que la herencia nos gobernara, aunque fuera de manera negativa. Una vida construida únicamente como oposición sigue organizada alrededor de aquello de lo que afirma haber escapado.
Lo opuesto a la obediencia no siempre es la libertad. A veces es solamente obediencia invertida.
Un hombre al que se le ordenó ser invulnerable no se vuelve libre simplemente porque trate la vulnerabilidad como una nueva obligación. Una mujer confinada al cuidado no se vuelve libre simplemente porque aprenda a despreciar el cuidado. Invertir la jerarquía deja intacta su lógica. El mandato cambia de dirección, pero el mandato permanece.
La libertad requiere otro movimiento: no la conservación automática, no la destrucción automática, sino el juicio.
La segunda autoría#
En San Genet, comediante y mártir, Jean-Paul Sartre escribe: «[…] lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros».1
La proposición no niega el condicionamiento. Comienza reconociéndolo.
Algo ya ha sido hecho de nosotros.
Otros han participado en la primera escritura de nuestra identidad. La familia ha escrito en el lenguaje del afecto y del miedo. La sociedad ha añadido sus papeles, recompensas, exclusiones y castigos. La experiencia ha corregido violentamente ciertos pasajes. El hábito ha repetido algunas frases hasta hacerlas sonar inevitables.
No poseemos el poder de borrar ese primer texto.
Pero la madurez puede ofrecernos una segunda autoría.
Esta segunda autoría no es una creación desde la nada. Es una revisión. Regresamos a un manuscrito ya lleno de anotaciones, tachaduras, argumentos inconclusos, tramas heredadas y voces que a veces se parecen tanto a la nuestra que ya no podemos distinguir quién habló primero.
Entonces comienza el trabajo.
Esto lo reconozco como mío.
Esto me fue entregado, pero lo conservo libremente.
Esto me protegió alguna vez, pero ahora me confina.
Esta herida ha moldeado mi lenguaje, pero no determinará mi conclusión.
Esta frase fue escrita por el miedo.
Esta otra, por el amor.
Este pasaje debe ser reescrito.
Este capítulo puede finalmente terminar.
Convertirse en autor de la propia vida no significa negar a todos los autores anteriores. Significa recuperar la autoridad editorial sobre el significado de lo que hemos recibido.
Algunos pasajes permanecerán. Otros serán transformados. Algunos pocos quizá deban ser eliminados, aunque su ausencia seguirá siendo visible en la estructura de la página. La revisión no hace desaparecer el primer borrador. Lo coloca dentro de una obra más amplia.
No somos libres porque nadie haya escrito dentro de nosotros.
Nos volvemos más libres cuando aquellas inscripciones anteriores dejan de poseer la última palabra.
El derecho a permanecer#
Una de las señales más claras de la libertad es que no siempre produce un cambio visible.
Una persona puede continuar haciendo gran parte de lo que hacía antes. El protector puede seguir protegiendo. El proveedor puede seguir proveyendo. La cuidadora puede seguir cuidando. La persona disciplinada puede seguir siendo disciplinada. La persona amable puede seguir siendo amable.
Desde afuera, la vida puede parecer casi idéntica.
Pero el origen de la acción ha cambiado.
Antes:
Hago esto porque, sin ello, no soy nada.
Después:
Hago esto porque, entre las posibilidades que ahora están abiertas ante mí, continúo eligiéndolo.
La diferencia puede ser invisible, pero es filosóficamente inmensa.
Una función impuesta se ha convertido en una entrega libre.
Por eso la liberación no debería medirse solamente mediante la partida. Marcharse puede ser necesario, pero permanecer también puede ser libre. Conservar una herencia no es necesariamente sumisión, del mismo modo que rechazarla no es necesariamente autonomía.
La pregunta decisiva es si el individuo ha adquirido la capacidad real de actuar de otro modo.
Un sí solo alcanza su pleno significado moral allí donde un no es posible.
Sin la posibilidad de negarse, el consentimiento no es más que obediencia revestida de apariencia de acuerdo. Una vez que la negativa se vuelve posible, el mismo acto puede adquirir otra naturaleza. El cuidado puede dejar de ser el precio del amor y convertirse en una de sus expresiones. La protección puede dejar de ser una prueba de masculinidad y convertirse en un servicio libremente ofrecido. La fortaleza puede permanecer sin prohibir la ternura. La ternura puede permanecer sin exigir la anulación de uno mismo.
La libertad no exige que dejemos de parecernos a las personas que la sociedad esperaba que fuéramos.
Exige que esa semejanza deje de ser obediencia.
El peso de la madurez#
Esta libertad rara vez llega sin un precio.
El papel heredado nos daba instrucciones. Nos decía qué aspecto tenía el éxito, qué sufrimientos debían tolerarse y qué sacrificios serían elogiados. Incluso cuando nos dañaba, nos liberaba de ciertas decisiones.
La máscara restringía al yo, pero también lo protegía del vértigo de la posibilidad.
Quitársela significa, por lo tanto, perder al mismo tiempo la prisión y el refugio.
El individuo debe aceptar que algunas relaciones quizá hayan dependido del papel que desempeñaba dentro de ellas. Algunas personas pueden resistirse al surgimiento de un yo más libre porque la libertad altera la antigua distribución de las cargas. Quienes estaban acostumbrados a ser protegidos pueden experimentar los límites como abandono. Quienes estaban acostumbrados a recibir cuidados pueden experimentar la autopreservación como traición.
La persona madura debe soportar entonces una dolorosa incertidumbre: la posibilidad de que el amor y la función nunca hayan estado tan separados como parecían.
Por eso la libertad no es concedida simplemente cuando la sociedad relaja sus exigencias. Un entorno menos restrictivo puede abrir espacio, pero no puede tomar por nosotros la decisión interior. El guardián externo puede marcharse mientras el guardián interno permanece junto a la puerta.
La vergüenza puede seguir haciendo cumplir reglas que ya nadie ordena.
El hábito puede repetir instrucciones cuyos autores desaparecieron hace mucho tiempo.
El miedo puede defender una estructura que ya ha dejado de ser necesaria.
La madurez comienza cuando podemos mirar estas fuerzas sin fingir que están ausentes y sin entregarles nuestra autoridad. Reconocemos que pertenecen a nuestra historia, pero no necesariamente a nuestro futuro.
Incluso cuando las circunstancias nos dejan escaso poder para modificar lo que hacemos exteriormente, este juicio interior puede permanecer. Una persona puede continuar representando un papel heredado porque negarse tendría consecuencias que todavía no puede soportar, sin seguir confundiendo esa representación con su identidad o su consentimiento. Viktor Frankl describió esta capacidad como «la última de las libertades humanas»: la elección de la actitud personal frente a circunstancias que uno no puede escoger.2 La máscara puede seguir siendo llevada, pero ya no gobierna el rostro que existe debajo. La necesidad puede gobernar el acto sin adquirir por ello el derecho a definirnos.
No podemos elegir aquello que primero nos moldeó.
Podemos elegir, cada vez más, qué lugar ocupará dentro de aquello en lo que aún nos estamos convirtiendo.
El arquitecto ante la herencia#
Convertirse en el arquitecto del propio destino no significa, entonces, diseñar una vida sobre un terreno intacto.
Significa heredar un edificio que ya se encuentra en pie.
Algunos muros son estructurales. Otros solamente lo parecen. Algunas aberturas fueron selladas como respuesta a antiguos peligros. Algunas habitaciones fueron construidas demasiado pequeñas porque quienes nos precedieron creyeron que la pequeñez proporcionaría seguridad. Ciertas vigas sostienen una sabiduría genuina. Otras sostienen únicamente el recuerdo del miedo.
El arquitecto maduro no demuele a ciegas.
Primero debe comprender la estructura.
¿Qué elementos sostienen la vida?
¿Cuáles se limitan a preservar una disposición obsoleta?
¿Qué fracturas pueden repararse?
¿Qué muros deben abrirse?
¿A qué habitaciones debería permitírseles recibir luz por primera vez?
¿Y qué partes del edificio, aunque hayan sido diseñadas por otros, se han convertido auténticamente en nuestras?
La libertad aparece dentro de esta labor de discernimiento.
El autor y el arquitecto finalmente se encuentran aquí. Uno revisa el texto heredado; el otro modifica la estructura heredada. Ninguno trabaja con la posibilidad pura. Ambos trabajan con la forma, la resistencia, la limitación, la historia y las consecuencias.
Una frase no puede ser reescrita sin modificar las que existen a su alrededor.
Un muro no puede ser retirado sin redistribuir el peso.
Por eso la libertad genuina exige responsabilidad. No estamos escapando solamente de aquello que nos fue impuesto. Estamos asumiendo las consecuencias de aquello que ahora elegimos conservar, transformar o destruir.
La libertad sin responsabilidad sería otra fantasía de la página en blanco.
La libertad madura acepta que toda revisión tiene peso.
Lo que construimos en los demás#
Hay una dimensión final en esta tarea.
No somos únicamente el producto de estructuras heredadas. También participamos en la construcción de estructuras alrededor de otras personas. Nos convertimos en padres, madres, parejas, maestros, líderes, amigos y miembros de comunidades. Nuestros miedos entran en la forma en que protegemos. Nuestras heridas entran en los consejos que ofrecemos. Nuestros mandatos no resueltos buscan continuidad en quienes vienen después de nosotros.
La cuestión de la libertad se extiende, por lo tanto, más allá de lo que hacemos con aquello que nos fue hecho.
Incluye aquello que nosotros haremos ahora con los demás.
Podemos transmitir la máscara heredada sin modificarla. Podemos exigir que otra persona cargue con la identidad que dio coherencia a nuestra propia vida. Podemos llamar a esa exigencia sabiduría, tradición, protección o amor.
O podemos ofrecer lo que recibimos bajo otra forma.
No:
Debes convertirte en esto para pertenecer.
Sino:
Esta forma de vivir es una posibilidad para ti. Contiene virtudes y costos. Puedo mostrarte lo que sé, pero no estás obligado a repetirme.
Este es quizá uno de los mayores actos de amor al alcance de una persona madura: ofrecer estructura sin convertirla en destino.
Ofrecer un modelo sin convertirlo en una condena.
Construir puertas en el refugio.
Dejar márgenes en el manuscrito.
Permitir que aquellos a quienes amamos se conviertan en autores y arquitectos por derecho propio, incluso cuando su obra se aparte de los planos que alguna vez nos protegieron.
La obra que queda#
No podemos deshacer aquello que nos fue hecho.
No podemos regresar al comienzo y exigir otra infancia, otra historia, otro cuerpo, otra sociedad u otra herencia. No podemos eliminar toda huella dejada por el miedo, la expectativa, el deber o el amor. Algunas impresiones permanecerán incluso después de que dejemos de obedecerlas.
Pero la permanencia no es soberanía.
Aquello que nos moldeó no tiene por qué gobernarnos para siempre.
Podemos conservar ciertas formas porque, después de examinarlas, las reconocemos como verdaderas. Podemos transformar otras porque su propósito original ha caducado. Podemos dejar algunas partes atrás. Y podemos descubrir que aquello que alguna vez existió como obligación puede ser recuperado como vocación.
El protector puede seguir protegiendo, pero ya no porque la protección sea el precio de su existencia.
La cuidadora puede seguir cuidando, pero ya no porque el cuidado sea el precio de su amor.
El vínculo puede permanecer, pero ya no porque alguna de las dos personas esté encarcelada dentro de él.
El camino puede seguir siendo el mismo, pero ya no es el único camino que puede recorrerse.
Tal vez este sea el significado más honesto de convertirse en el arquitecto del propio destino. No elegimos el terreno original. No escogemos los primeros cimientos, y no podemos fingir que la construcción comenzó con nosotros. Pero llega un momento en que los planos pueden pasar a nuestras manos.
Tal vez esta sea también la segunda autoría del yo. No podemos borrar las primeras páginas, pero podemos decidir si continuarán siendo una profecía o se convertirán en un prólogo.
No somos libres porque nada nos haya moldeado.
Nos volvemos libres cuando aquello que nos moldeó deja de poseer la última palabra y cuando, de pie dentro de la estructura heredada, adquirimos finalmente el coraje necesario para decidir qué debe conservarse, qué debe abrirse y qué construiremos después.
-
Jean-Paul Sartre, San Genet, comediante y mártir, traducción de Luis Echávarri (Buenos Aires: Editorial Losada, 1967). La obra fue publicada originalmente en francés en 1952 con el título Saint Genet, comédien et martyr. ↩︎
-
Viktor E. Frankl, El hombre en busca de sentido, traducción del Comité de traducción al Español, 3.ª ed. (Barcelona: Herder Editorial, 2015). La obra fue publicada originalmente en alemán en 1946 con el título Ein Psychologe erlebt das Konzentrationslager. ↩︎
Si deseas responder, puedes escribirme por correo electrónico a [email protected].
Para recibir ocasionalmente avisos de nuevas publicaciones, puedes suscribirte aquí.